21 junio, 2016

Imagine el lector a un viajero que se transporta al año 1516. Hace cinco siglos aún no existían los telescopios, el método científico no se había desarrollado, se consideraba a la Tierra como el centro del universo y se desconocían las leyes fundamentales de la óptica.

Un buen día, al levantar la mirada al cielo, el hipotético explorador observa una colorida circunferencia rodeando al sol. Como observador incapaz de interferir en el desarrollo de la sociedad de la época, nuestro personaje se limita a escuchar con atención los comentarios de la población sobre el singular espectáculo. Muchas de las frases que escucha resultan muy acertadas a la luz de la ciencia contemporánea, otras son mucho menos afortunadas.

Es natural suponer que las causas de un halo solar deben ser semejantes a las de cualquier arcoíris.  En dicho fenómeno, una imagen semicircular con colores que abarcan desde el rojo hasta el violeta se observa cuando la luz solar pasa a través de delgadas capas de agua. El arcoíris aparece cuando llueve y brilla el sol.

En la terminología científica actual se utiliza el término refracción para indicar que la luz sufre desviaciones en su trayectoria al pasar de un medio material a otro. Los colores que constituyen la radiación solar tienen distintos ángulos de desviación al pasar a través de una cortina de agua, por lo que podemos observar la descomposición de la luz visible en su espectro en días soleados y lluviosos.

En este orden de ideas, desde hace siglos se ha sugerido que la presencia de agua en las capas superiores de la atmósfera del planeta puede descomponer la luz del sol. Hoy sabemos con certeza que las bajas temperaturas presentes a grandes altitudes posibilitan la formación de cristales de hielo, que a su vez son capaces de generar el efecto arcoíris con una geometría circular. Es interesante observar que el fenómeno también puede producirse con la luz lunar.

Tradicionalmente se ha vinculado la aparición de halos solares con la llegada de lluvias y tormentas eléctricas. Existe una base física para sustentar esta asociación: las nubes denominadas cirrostratos poseen cristales de hielo, éstas abarcan amplias regiones de cielo y se sitúan aproximadamente a 12 km de la superficie; la evolución de estas formaciones favorece escenarios de lluvia que pueden durar varios días.

Un gran halo solar fue apreciado en la Ciudad de México el pasado miércoles 15 de junio, casi 13 meses después de un suceso muy similar que antecedió a lluvias y actividad eléctrica.

Fenómenos astronómicos-atmosféricos como los halos solares también han sido utilizados por algunas personas aficionadas a las pseudociencias para realizar augurios o afirmaciones sensacionalistas.

Es muy importante identificar la posibilidad real de establecer predicciones basadas en el conocimiento de las leyes físicas, en contraste con augurios derivados de la superstición y  carentes de fundamento científico. Mucho ha avanzado la metodología de la ciencia en los últimos 500 años, de manera que actualmente la sociedad en general puede acercarse con precisión a espectaculares fenómenos como el observado en días recientes.

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