29 julio, 2016

Después de más de 20 años de iniciado el debate acerca de la posible liberación comercial del maíz genéticamente modificado, éste ha involucrado a cada vez más actores y la discusión se ha polarizado, señaló la doctora Rosa Luz González, investigadora de la Unidad Azcapotzalco de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Durante la conferencia Panorama de los transgénicos en México, que ofreció en la Unidad Cuajimalpa, como parte de la Semana de Ingeniería Biológica, la ingeniera química por la Universidad de Sonora y doctora en Desarrollo Rural por la Unidad Xochimilco dijo que el hecho de que México sea el centro de origen y diversidad del maíz “ofrece un estatus especial a este grano en términos del uso seguro de los organismos genéticamente modificados (OGM) a nivel nacional e internacional”.

Para nuestro país, afirmó, es fundamental el valor que el maíz tiene en los niveles social, económico, gastronómico y cultural y, por tanto, lo es también la manera como el riesgo de sembrar maíz transgénico es percibido por los distintos actores que se encuentran participando “en estos intentos por guiar la trayectoria de una tecnología como la relacionada con los OGM; hacia un beneficio social, unos, y hacia un mayor beneficio económico, otros”.

Es posible pensar el maíz como la matriz de una red en la que intervienen diversos actores “y en consecuencia las posibilidades de reflexionar y realizar una acción colectiva alrededor del maíz genéticamente modificado puede tener múltiples focos de acción”. En esta red actúan dependencias como la Comisión Intersecretarial de Organismos Genéticamente Modificados o empresas como Archer Daniels, dedicadas a comercializar el grano.

Una participación como la que hoy tiene lugar alrededor del maíz transgénico, previa a la introducción de una nueva tecnología “no tiene precedentes” en el país. Tradicionalmente “hemos reaccionado cuando la tecnología está encima y tiene ciertos efectos, como en el caso de la revolución verde”, que describe el importante crecimiento de la producción agrícola desde los años 60 del siglo pasado a partir de variedades mejoradas, uso de insecticidas, entre otras tecnologías.

Hoy, el foco principal “en esta acción sin precedentes” está en la siembra del maíz transgénico; sin embargo, el país importa “varios millones de toneladas al año” provenientes de Estados Unidos, en las que viene revuelto el maíz transgénico con el que no lo es. Y esto no se está monitoreado” por parte de las autoridades mexicanas.

Ante el hecho de cultivar, comer, procesar, importar el maíz transgénico en un país con las características de México, los posibles efectos son múltiples y pueden representar riesgos “ciertos e inciertos, especialmente a largo plazo”, por lo que resulta de gran interés examinar, desde el marco analítico de la gobernanza, esa coevolución de actores e instituciones que determinan cómo se han tomado las decisiones públicas en el tema de bioseguridad.

La discusión, destacó, ha estado plagada de fuertes controversias en bioseguridad y una mayor polarización en lo que respecta al maíz, “pero basadas en la legislación” y “sigue ahí la posible autorización comercial de maíz genéticamente modificado”.

En México las aplicaciones relacionadas con el maíz han disparado una fuerte reacción pública e incorporado la participación de científicos de diversas disciplinas en un debate polarizado, pero “no se ha avanzado en el rediseño de la tecnología o para generar y adaptar tecnologías alternativas” de modificación genética de organismos.

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