3 noviembre, 2016

Aprender una segunda lengua o acceder a la educación media superior ha ayudado a las mujeres emigrantes que residen en Estados Unidos (EE.UU) a emanciparse y a cambiar su perspectiva acerca de la forma en cómo viven su sexualidad.

Muchas mujeres migrantes están en un proceso de transición en el que aún guardan características del modelo tradicional de ser mujer, pero dejan a la pareja porque no están de acuerdo con su forma de ser o porque encuentran que pueden estudiar y salir adelante, explica la doctora Martha Gálvez Landeros, académica del Departamento de Desarrollo Social del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH), quien realiza un estudio acerca de este tema.

Explica que tanto quienes emigraron hace más de 30 años (conocidas como de primera generación), como sus hijas, que dejaron México siendo unas niñas o adolescentes, han modificado su percepción en cuanto al matrimonio, el número de hijos que pueden tener y su cuidado, además de buscar nuevas formas de superación. Cada generación ha adaptado estas transformaciones de diferente manera.

Las mujeres que fueron incluidas en el estudio provienen de rancherías o pueblos de los estados de Jalisco, Michoacán, Chihuahua, Baja California y Zacatecas, y están asentadas en la localidad de Boyle Heights, al este de Los Ángeles, California. El estudio se centró también en la escuela preparatoria “El Sereno”, cercana al centro angelino.

Las señoras de la primera generación están apegadas a la iglesia católica y a los patrones del sistema patriarcal. Muchas deben hacerse cargo de los trámites administrativos para su familia, pero es común que teman comunicarse en inglés. Gracias a que Estados Unidos les brinda la oportunidad de estudiar inglés en los llamados “Colegios comunitarios”, ellas pueden independizarse, dice Gálvez Landeros.

Cuando se reconocen con todas esas habilidades y oportunidades que, tal vez, si no se hubieran ido de sus pueblos nunca lo hubieran descubierto, despuntan personalmente y deciden desvincularse y deberse para el otro, afirma la académica.

Las mujeres de la segunda generación, quienes ahora rondan los treinta años de edad, han tenido educación preparatoria y carreras técnicas que les hacen descubrir que pueden tener “un desarrollo personal y profesional independiente a su desempeño como buena madre y esposa, que es lo que les demanda su sistema familiar”.

“Hay mucha población que no puede pagar el colegio y debe entrar a la vida productiva y dejan de ocuparse intelectualmente. La escolaridad está decidiendo nuevas rutas para la segunda generación de migrantes”, explica la académica.

Expresa que muchas de ellas han sido madres sin planearlo y prevalecen los embarazos entre las adolescentes, y un rasgo recurrente en ellas es que no creen que el matrimonio sea el único vehículo para ejercer su sexualidad. Algunas tienen diferentes parejas sexuales y la mayoría no están casadas.

“Hay algunas hijas que se han declarado lesbianas y las familias y ellas mismas lo han aceptado. Acá en México, pese a lo que se ha avanzado con las legislaciones para el matrimonio igualitario, la homofobia aún es una cuestión de riesgo. Ellos lo ven normal porque están en la cultura y bajo las reglas del sistema estadounidense. Las formas de pensamiento pueden ser más libres porque existe un estado y un sistema judicial que protege a las mujeres”, subraya.

Tampoco están vinculadas a los preceptos religiosos como sus madres, un aspecto que tiene que ver con la escolaridad, porque en un mundo multicultural como Estados Unidos, uno de los principios de la gran mayoría de las escuelas es que su calendario escolar y festejos no se sitúan en los calendarios de origen religioso, cualquiera que sea.

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