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El cerebro es el órgano que se enamora y no el corazón

  • Las personas están destinadas a enamorarse siete veces en la vida
  • Si los cerebros de hombres y mujeres trabajan en asociación las relaciones personales pueden funcionar muy bien

 

El cerebro es el órgano que se enamora y no el corazón, ya que “nos enamoramos con 29 áreas cerebrales que dependen de 10 sustancias neuroquímicas”, apuntó el doctor Eduardo Calixto González, investigador del Departamento de Neurobiología del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz.

 

El especialista, quien dictó la conferencia «El proceso de enamoramiento y el amor en el cerebro: La neurobiología del amor» en la Sala de Consejo Académico de la Unidad Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), diferenció entre enamoramiento y amor, “el primero ocurre a un nivel biológico, muy básico; el segundo implica un proceso más complicado, es una decisión.

 

“No podemos decir que en ciencias hay determinismos o reduccionismos, sabemos hasta ahora poco y las investigaciones irán modificando estos resultados”, explicó.

 

En esa perspectiva refirió que este 2017 se cumplen 15 años de que iniciaron los estudios en neurociencias sobre las emociones consideradas positivas, entre ellas el amor, algo que significó un cambio de perspectiva que abonará en su entendimiento y que expande el campo más allá de los estudios sobre Alzheimer o Mal de Parkinson.

 

El miembro del Sistema Nacional de Investigadores e invitado a la Casa abierta al tiempo por la Coordinación de Extensión Universitaria a través de la Galería de las Ciencias mencionó que durante el proceso de enamoramiento se produce dopamina, adrenalina y endorfina, sustancias que activan las áreas cerebrales relacionadas con el placer, la recompensa y la adicción.

 

En el amor, en cambio, el cerebro se vuelve más receptivo ya que genera oxitocina, vinculada al apego; vasopresina, que incrementa la preferencia por la pareja, y serotonina, un proceso ubicado en la corteza prefrontal, éstas combinadas con dopamina dan paso a una fase más tolerante de la relación amorosa.

 

Reunido en la Unidad Xochimilco de la UAM con alumnos y académicos, Calixto González afirmó que “estamos destinados a enamorarnos siete veces en la vida, pues biológicamente no somos una especie monógama y tenemos un cerebro preparado para amar a dos o tres personas al mismo tiempo”.

 

Los varones son más propensos a tener más parejas, debido a sus niveles de testosterona, sobre lo que explicó: “la testosterona disminuye la actividad dendrítica, por lo que hay más testosterona y el árbol dendrítico se hace más pequeño, lo cual provoca que el cuerpo calloso e hipocampo sea distinto al de la mujer, pero que la amígdala cerebral –cuya función es el procesamiento y almacenamiento de reacciones emocionales- sea más grande”.

 

Por el contrario, las mujeres poseen un hipocampo mayor y un giro de cíngulo mejor conectado por sus estrógenos, el cual está encargado de interpretar las emociones y se desarrolla entre los 8 y 12 años de edad; con mayor número de estrógenos, más espinas dendríticas, “dichas estructuras cerebrales dan paso a conductas distintas y el amor no escapa a eso”, acotó.

 

Los contrastes entre hombres y mujeres se manifiestan en las 25,000 a 32,000 palabras que ellas expresan al día frente a la 15 mil de ellos. “La mujer tiene un mejor cerebro que el hombre, aunque es complementario al de él. Si trabajan en asociación las relaciones personales pueden funcionar muy bien”, matizó.

 

En los momentos de separación y ruptura, la tristeza en el cerebro conecta más y tiene mayor metabolismo en estructuras corticales; mientras que cuando se experimenta ansiedad por tristeza incrementa la frecuencia respiratoria al activarse la amígdala cerebral izquierda, motivo por el que el proceso de llanto se acompaña de cambios en el ritmo respiratorio.

 

Calixto González recomendó mantener una buena salud mental, puesto que con “100,000 millones de neuronas, después de los 35 años mueren entre 5,000 y 15,000 de ellas todos los días, un dato que aumenta cuando el individuo duerme mal, se desvela y/o consume alcohol, pues la cifra aumenta a 90,000 neuronas menos cada día”, finalizó.

El amor está en el cerebro, no en el corazón

• El área donde se producen las sustancias placenteras está conectada con la que nos permite razonar, por eso durante el enamoramiento se hacen locuras y se toman decisiones sin pensar, explicó la emérita del Instituto de Fisiología Celular de la UNAM

Regularmente, cuando se piensa en el amor el imaginario dicta que se encuentra en el corazón (ese órgano que es como una bomba aburrida que se contrae y relaja sucesivamente), pero en realidad está en el cerebro, donde surgen emociones placenteras que dan felicidad y euforia, comentó Herminia Pasantes, investigadora emérita del Instituto de Fisiología Celular (IFC) de la UNAM.

De hecho, ese sentimiento se origina en una zona llamada circuito de recompensa, que se encuentra debajo de la corteza cerebral, con la que también se conecta.

Esa área se activa con las drogas que producen placer, felicidad o cualquier otro sentimiento de euforia; así, se involucran neurotransmisores relacionados con las emociones, como la dopamina y serotonina, entre otros.

A este proceso químico se le ha nombrado enamoramiento, y durante su desarrollo no es raro que el afectado haga locuras o tome decisiones sin pensar, pues no le importa nada, explicó la investigadora emérita.
No obstante, ese comportamiento tiene una explicación, y se debe a que el circuito de recompensa (donde se producen las sustancias placenteras del amor) está conectado con la corteza cerebral, que es la que nos permite razonar; por tal motivo se nubla el raciocinio, expuso.

Afortunadamente, destacó Herminia Pasantes, ese proceso neuronal no dura para siempre, y de acuerdo con diversos estudios, puede persistir de dos a seis meses, dependiendo de cada caso.

El lado oscuro

El amor es un sentimiento complejo muy interesante, porque es enormemente placentero; sin embargo, tiene su lado oscuro, pues es adictivo.

Es así que surgen los celos y el miedo a perder a la persona amada, y se vuelve un sentimiento negativo, que se procesa en este mismo circuito. Cuando ocurre, las sustancias placenteras se producen en menor cantidad, enfatizó la universitaria.

No obstante, destacó, el amor no envejece, pues el circuito relacionado con este sentimiento no cambia con los años; es decir, mientras otras funciones cerebrales declinan con la edad, aquel conserva su frescura.

Entonces, para bien o para mal el amor es un sentimiento inquietante. Se pensaría que las personas de mayor edad ya no se enamoran, pero diversos casos en nuestra sociedad nos han mostrado lo contrario, concluyó.