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La crisis migratoria puede volverse transformación

Migrantes con el estómago marcado con hierros, como ganado; niños guatemaltecos a los que el mar escupió, ahogados, en las costas de Chiapas, igual que a los pequeños sirios; hombres y mujeres centroamericanos obligados a pagar derecho de piso en los poblados cercanos al municipio de Comitán, Chiapas. José Luis González, SJ, ha visto estas imágenes en vivo y sabe que en el sur de México es evidente una crisis de humanidad. Pero no alberga desesperanza. Cree que tenemos una oportunidad para construir la fraternidad.

El sacerdote, coordinador del Proyecto Frontera Comalapa, Chiapas, del Servicio Jesuita a Migrantes, participó el 25 de abril pasado en el panel «El norte y el sur. Comunidades migrantes en los Estados Unidos y en México», en el cual también estuvo presente Marla Conrad, quien es una de las coordinadoras de la Iniciativa Kino para la Frontera en Nogales, Sonora y Arizona.

En el sur, la esperanza del jesuita también está llena de imágenes. En Comalapa, donde trabaja, ha visto cómo hace unos meses un empresario ferretero cedió su negocio de 400 metros cuadrados y los nueve departamentos de la planta alta del edificio para volverlos un albergue; sabe que algunos años antes varias familias de la región, que habitan viviendas de un cuarto, compartieron sus hogares con familias guatemaltecas refugiadas, y conoce a una pareja que decidió construir una casa para que los domingos puedan descansar mujeres centroamericanas prostituidas,muchas de ellas niñas.

En el otro extremo de México, en la frontera norte, la organización en la que trabaja Marla Conrad atendía hasta hace unos meses sobre todo a mexicanos que intentaron o intentarían cruzar el muro, atraídos por el imaginario de que es más fácil hacerlo por Nogales, Sonora, lo cual es falso.

Hoy, ese tramo de la frontera recibe cada vez más a personas deportadas por Estados Unidos. Muchas estaban peleando ante un juzgado de aquel país la propiedad de una casa, y se mantienen en Sonora con la ilusión de no perderla.

La estadounidense lamentó que miles de mexicanos acuñen el discurso de Donald Trump que asegura que los deportados son todos criminales, pues ya están ocurriendo casos graves de discriminación contra ellos.

De acuerdo con los datos de la Iniciativa Kino, no sólo ha cambiado el perfil de las personas que reciben apoyo de esta organización, sino las formas de la expulsión. Hoy más personas son arrojadas a la frontera en el estado de Tamaulipas, uno de los más peligrosos del país por la presencia de grupos criminales.

En pocas palabras, expresó la activista, el crimen organizado y la discriminación son muros que enfrentan tanto los que quieren ir al norte, como los que fueron desterrados.

Con una experiencia de casi 30 años de trabajo en Nicaragua, El Salvador y Guatemala, y como miembro de la Red Jesuita con Migrantes, González identificó la crisis que ha provocado la migración en México a partir de tres conceptos: el sufrimiento, el dilema y la transformación.

Recordó que si bien el discurso de miedo de Trump ha detenido el flujo de personas hacia Estados Unidos, México ha contribuido en la disminución (mientras en diciembre eran detenidas y expulsadas de ese país, en promedio, 43 mil personas cada mes, hace unos días el Departamento de Seguridad afirma que la cifra se redujo a 12 mil 500, el nivel más bajo en los últimos 17 años).

En la frontera sur, añadió, también existen muros mentales, racistas y criminalización. En las comunidades de Chiapas fronterizas con Guatemala, muchas redadas contra los migrantes centroamericanos en tránsito son ejecutadas por organizaciones populares de campesinos, acusó.

La crisis migratoria, resaltó, también es dilema desde que una persona comienza su viaje al norte, pues no sólo se trata de si abandonará su casa. Cada decisión durante su viaje por el territorio al que muchos consideran la frontera más espesa del mundo, cambia la trayectoria y la vida de los migrantes.

Pero la crisis también puede ser cambio, transformación. Puede hacer que México mire más hacia el sur, en vez de ver sobre todo al norte, donde es despreciado y ha provocado acciones de solidaridad, individuales y en red.

Conrad recordó que las políticas anti migratorias del actual presidente de Estados Unidos no son nuevas. Ya existían. Trump sólo decidió ejecutarlas.

En 1986 el entonces presidente Ronald Reagan, republicano, firmó una amnistía y al mismo tiempo impuso el control de la frontera con México. En 1993 el demócrata Bill Clinton comenzó la construcción del paredón «que no detiene a muchos, pero es un símbolo». En 2006 comenzó la construcción del muro real: retenes, cámaras, sensores, drones. En 2008 se echaron a andar los programas para identificar a los inmigrantes sin documentos de residencia, a través del Programa 287 (las llamadas ciudades santuario se negaron a participar).

Desde 2014 México aceptó la construcción de una frontera vertical. No tiene ladrillos, sino vejaciones a los derechos de miles de hombres, mujeres y niños que son expulsados por la violencia y la pobreza de sus países de origen.

El panel «El norte y el sur. Comunidades migrantes en los Estados Unidos y en México» fue organizado por el Programa de Asuntos Migratorios, el Programa Institucional de Derechos Humanos y Paz, y la Licenciatura en Relaciones Internacionales del ITESO.

Sofía de la Peña, académica del Centro de Investigación y Formación Social del ITESO, destacó que las universidades tienen mucho trabajo en el tema de la migración y es posible que aprovechen, con fines de investigación y apoyo, un escenario que antes era invisible y ahora sí podemos ver.

Experto de UNAM afirma que México no está obligado a admitir extranjeros deportados

• El país no está obligado a aceptar a indocumentados de otros países deportados de Estados Unidos, a menos que soliciten refugio o visa por razones humanitarias, señaló Martín Íñiguez, docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de UNAM.

• Con Barack Obama, la migración vivió los peores momentos, subrayó. La administración del expresidente deportó a cerca de 2.8 millones de mexicanos.

 

Ante una eventual deportación masiva de migrantes indocumentados de Estados Unidos, connacionales o no, el país no puede recibirlos a menos que soliciten refugio o visa por razones humanitarias.

Martín Íñiguez Ramos, académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM, afirmó, que México no está obligado a admitir extranjeros indocumentados deportados sólo porque a EU se le antoja. Debe seguirse un protocolo establecido por el Instituto Nacional de Migración (INM) y una serie de mecanismos internacionales. “No es cuestión de que los norteamericanos digan ‘ahí te va tal cantidad de extranjeros y ahí se te quedan’; eso no se puede hacer”.

La repatriación de mexicanos a territorio nacional es un proceso natural para el cual el INM ha establecido un reglamento que le permite determinar si se trata o no de connacionales.

Pero la Unión Americana no puede regresar a nuestra frontera norte a los indocumentados de otros países, porque estaría violentando los acuerdos contenidos en los diferentes tratados firmados por ambas naciones sobre este tema, reiteró.

De hecho, prosiguió Íñiguez, en el caso de Ciudad Juárez, por ejemplo, los agentes migratorios mexicanos están capacitados para determinar, mediante un protocolo, si los repatriados son o no mexicanos.

“México debe poner sus límites. Si hay muchos deportados no tendremos la capacidad administrativa para aplicar las entrevistas previas para su repatriación a territorio nacional; ése sería el único problema. Aunque es ilógico que Estados Unidos haga deportaciones masivas, no le conviene”, opinó.

Las deportaciones siempre han existido. A partir de la década de los 80, EU considera a la migración un tema de seguridad nacional, pero también con Ronald Reagan se creó la Ley de Reforma y Control de Inmigración, que permitió la naturalización de más de tres millones de indocumentados, en su mayoría mexicanos.

Con Barack Obama la migración vivió los peores momentos, subrayó. La administración del expresidente deportó cerca de 2.8 millones de mexicanos.

“Esperemos a ver qué hace Donald Trump con esta orden ejecutiva y su aplicación, pero en general podría decir que el actual presidente de Estados Unidos no rebasará lo hecho por su antecesor”, finalizó.